—No. Solo quiero comer.
La joven observó su abrigo marrón, demasiado usado para aquel restaurante elegante del centro de Ciudad de México. Después miró sus zapatos, gastados en las puntas, y el sombrero sencillo que llevaba entre las manos.
Detrás de él acababa de entrar una pareja bien vestida.
La expresión de la recepcionista cambió de inmediato.
—Buenas tardes. Bienvenidos.
Luego volvió hacia el anciano.
—Por aquí, señor.
Lo condujo hasta una pequeña mesa en una esquina, lejos de los ventanales principales y de las mesas que el personal reservaba para los clientes importantes.
El hombre no protestó.
Se llamaba Arturo Nakayama y tenía setenta y ocho años.
Aquella tarde parecía simplemente un hombre mayor que había entrado por error en un restaurante donde una comida podía costar lo mismo que varias semanas de compras para una familia.