Mariana sirvió el plato con cuidado.
No sabía por qué, pero sentía que aquel hombre necesitaba conversar con alguien tanto como necesitaba comer.
Regresaba cuando podía.
Le rellenaba el agua.
Le preguntaba si todo estaba bien.
Le llevó otra taza de té.
Arturo siempre respondía con un gracias.
Siempre la miraba a los ojos.
Poco a poco, otras personas comenzaron a notar la escena.
El mismo anciano que todos habían ignorado ahora conversaba tranquilamente con Mariana.
Parecía educado.
Sereno.
Incluso distinguido.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. Nadie quiso atender al anciano del abrigo gastado, hasta que una joven mesera descubrió quién era realmente y cambió su destino.
—Señor, ¿está esperando a alguien?
La recepcionista hizo la pregunta sin sonreír.
El anciano levantó la mirada y negó lentamente con la cabeza.