Su padre tenía un pequeño taller y trabajaba con las manos hasta que los dedos se le llenaban de pequeñas heridas.
Su madre administraba cada peso con cuidado.
Arturo había crecido aprendiendo que un pantalón podía durar años si uno sabía arreglarlo y que tirar comida era casi un pecado.
Incluso después de convertirse en un hombre extremadamente rico, algunas costumbres nunca cambiaron.
Usaba relojes sencillos.
Conservaba zapatos durante años.
Y aquel abrigo marrón tenía un valor que ningún diseñador habría podido entender.
Había pertenecido a su hermano mayor.
Arturo jamás había querido reemplazarlo.
Treinta minutos después de sentarse, seguía sin haber pedido nada.
Algunos clientes comenzaron a mirarlo.
Dos mujeres murmuraron algo.
Un hombre pensó que quizá esperaba a alguien.
Otro supuso que no sabía cuánto costaba comer allí.