El joven lo vio.
Y siguió caminando.
Cinco minutos después ocurrió lo mismo.
Otro empleado pasó junto a él y evitó mirarlo.
El vaso de agua seguía vacío.
El menú permanecía cerrado.
Arturo no levantó la voz.
No llamó al gerente.
No golpeó la mesa.
Simplemente esperó.
Había aprendido hacía muchos años que la manera en que una persona trata a alguien que considera poco importante dice mucho más que cualquier discurso.
A unas mesas de distancia, un hombre con traje pidió que cambiaran su plato porque la carne no estaba exactamente como la había solicitado.
Tres empleados acudieron inmediatamente.
Una pareja pidió otra botella.
El gerente apareció personalmente.
Arturo volvió a mirar su vaso vacío.
Sonrió con cierta tristeza.
No era la primera vez que alguien lo juzgaba por su apariencia.
Cuando era joven, también lo habían hecho.