Y casi nunca se quejaba.
Aquel día llevaba horas corriendo entre mesas cuando vio al anciano.
Al principio creyó que otro compañero lo estaba atendiendo.
Pero luego pasó junto a su mesa y notó el vaso vacío.
Minutos después volvió.
Seguía vacío.
También vio algo más.
Cada vez que un mesero pasaba cerca, Arturo levantaba la cabeza con una pequeña sonrisa.
Nunca exigía.
Nunca chasqueaba los dedos.
Nunca hacía un gesto de molestia.
Solo esperaba que alguien lo mirara.
Mariana sintió un nudo en el estómago.
Recordó a su padre.
Había muerto seis años antes.
Él también era un hombre tranquilo.
Había trabajado durante años como técnico de maquinaria, y durante una parte de su vida había viajado con frecuencia a Asia para instalar equipos industriales.
De aquellos viajes había regresado con pequeñas costumbres que después se volvieron parte de la familia.