Se llamaba Arturo Nakayama y tenía setenta y ocho años.
Aquella tarde parecía simplemente un hombre mayor que había entrado por error en un restaurante donde una comida podía costar lo mismo que varias semanas de compras para una familia.
Pero Arturo no estaba perdido.
Y tampoco tenía problemas para pagar.
Lo que nadie sabía era que había pasado más de cincuenta años levantando una enorme empresa industrial desde un pequeño taller familiar en Guadalajara.
Su fortuna era conocida en ciertos círculos empresariales.
Su rostro, en cambio, apenas aparecía en fotografías.
Arturo detestaba las entrevistas, las fiestas privadas y las reuniones donde todos querían acercarse únicamente porque conocían el tamaño de su cuenta bancaria.
Por eso viajaba sin asistentes siempre que podía.
Sin chofer.
Sin guardaespaldas.
Sin ropa costosa.
Aquel día había entrado solo.