La recepcionista dejó el menú frente a él.
—En un momento vienen a atenderlo.
Arturo inclinó la cabeza.
—Muchas gracias.
Pasaron diez minutos.
Después quince.
Un mesero caminó frente a su mesa cargando dos copas.
Arturo levantó ligeramente la mano.
El joven lo vio.
Y siguió caminando.
Cinco minutos después ocurrió lo mismo.
Otro empleado pasó junto a él y evitó mirarlo.
El vaso de agua seguía vacío.
El menú permanecía cerrado.
Arturo no levantó la voz.
No llamó al gerente.
No golpeó la mesa.
Simplemente esperó.
Había aprendido hacía muchos años que la manera en que una persona trata a alguien que considera poco importante dice mucho más que cualquier discurso.
A unas mesas de distancia, un hombre con traje pidió que cambiaran su plato porque la carne no estaba exactamente como la había solicitado.
Tres empleados acudieron inmediatamente.