Meses después, una tarde tranquila, entró un hombre mayor.
Llevaba pantalones sencillos.
Una camisa vieja.
Y caminaba despacio con ayuda de un bastón.
La recepcionista nueva lo saludó.
—Buenas tardes, señor. ¿Mesa para uno?
—Sí.
—Por supuesto. Acompáñeme.
Mariana observó desde lejos.
El hombre recibió agua inmediatamente.
Un menú.
Una sonrisa.
Nadie le preguntó si podía pagar.
Nadie lo dejó esperando.
Mariana sintió algo cálido en el pecho.
Tal vez Arturo había tenido razón.
Algunas cosas podían empezar con un gesto muy pequeño.
Un saludo.
Una taza de té.
Mirar a alguien a los ojos.
Pasó casi un año antes de que volviera a ver a Arturo.
Fue una tarde de martes.
Mariana estaba acomodando unas copas cuando escuchó una voz conocida.
—Espero que todavía tengan té verde.
Se giró.
Arturo estaba allí.
El mismo abrigo marrón.