Los mismos zapatos cómodos.
La misma sonrisa tranquila.
Mariana dejó lo que tenía en las manos.
—¡Señor Arturo!
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—Mariana.
—¿Qué hace aquí?
—Tenía hambre.
Ella soltó una carcajada.
—Esta vez no va a esperar treinta y cinco minutos.
—Qué decepción.
Mariana lo condujo a una mesa junto a la ventana.
No a la esquina.
No a la mesa más lujosa.
Simplemente a una mesa cómoda.
Le llevó té.
Arturo preguntó por sus estudios.
Mariana le contó que había terminado el primer año con buenas calificaciones.
También le dijo que su hermano estaba a punto de graduarse.
Su madre estaba mucho mejor.
—¿Y usted? —preguntó Mariana.
Arturo miró hacia la calle.
—Encontré la antigua papelería.
—¿Todavía existe?
—No.
Hizo una pausa.
—Ahora hay otro negocio.
Mariana sintió tristeza.
Pero Arturo sonrió.
—Eso está bien.