Terminó sus estudios.
Consiguió un mejor puesto.
Con el tiempo llegó a administrar un pequeño negocio familiar.
Nunca se convirtió en millonaria.
Tampoco necesitó hacerlo.
Pero cada vez que contrataba a alguien, recordaba aquella mesa.
Cada vez que veía entrar a una persona vestida de manera sencilla, recordaba el abrigo marrón.
Y cada vez que algún empleado decía:
—Ese cliente parece que no va a comprar mucho.
Mariana respondía lo mismo:
—No estamos aquí para adivinar cuánto dinero tiene alguien. Estamos aquí para tratarlo con dignidad.
Arturo vivió muchos años más.
Él y Mariana continuaron intercambiando mensajes de vez en cuando.
Nunca fueron amigos en el sentido cotidiano.
No se llamaban todas las semanas.
No se veían con frecuencia.
Pero existía entre ellos algo difícil de explicar.
El recuerdo compartido de una tarde en la que uno necesitaba ser visto y la otra simplemente decidió mirar.