Porque aquel día Mariana no salvó a un multimillonario.
Arturo tampoco salvó mágicamente a una joven mesera.
Fue algo mucho más sencillo.
Ella le recordó que todavía existían personas capaces de ser amables sin esperar nada.
Y él le recordó que una oportunidad puede cambiar el rumbo de una vida cuando llega en el momento adecuado.
Todo comenzó porque un anciano estuvo sentado treinta y cinco minutos frente a un vaso vacío.
Decenas de personas pasaron junto a él.
Muchas lo vieron.
Solo una decidió detenerse.
Y quizá esa sea la diferencia que más importa.
No entre ricos y pobres.
No entre jóvenes y viejos.
Ni entre quienes parecen pertenecer a un lugar y quienes parecen estar fuera de él.
Sino entre mirar a una persona…
y realmente verla.