Treinta minutos después de sentarse, seguía sin haber pedido nada.
Algunos clientes comenzaron a mirarlo.
Dos mujeres murmuraron algo.
Un hombre pensó que quizá esperaba a alguien.
Otro supuso que no sabía cuánto costaba comer allí.
Cerca de la barra, el gerente también lo observaba.
—¿Quién sentó a ese señor ahí? —preguntó.
La recepcionista se acercó.
—Yo.
—¿Ordenó algo?
—Todavía no.
El gerente frunció el ceño.
—Entonces revisa qué está pasando. No podemos tener una mesa ocupada una hora sin consumo.
Nadie preguntó por qué ningún mesero se había acercado.
Nadie preguntó si el hombre tenía hambre.
Nadie se preguntó cuánto llevaba esperando.
Excepto Mariana.
Mariana Ortega tenía veintinueve años y llevaba apenas tres semanas trabajando en el restaurante.
Había aceptado el empleo porque necesitaba dinero.
Su madre se estaba recuperando de una operación y todavía tenía gastos médicos pendientes.