Arturo soltó una pequeña risa.
—Lo pronunció muy bien.
Su español era perfecto.
Mariana sonrió aliviada.
—¿Ya tomaron su orden?
Arturo miró el menú.
Luego miró el vaso vacío.
—Creo que todos han estado muy ocupados.
Mariana entendió perfectamente lo que significaba aquella respuesta.
—Le pido una disculpa.
—Usted no tiene por qué disculparse.
—Pero puedo atenderlo ahora.
—Eso me gustaría mucho.
Mariana tomó una jarra y llenó su vaso.
Luego abrió el menú.
—¿Tiene alguna preferencia?
Arturo explicó que quería algo sencillo.
Una sopa.
Pescado.
Verduras.
Nada complicado.
Mientras hablaban, Mariana notó que no preguntaba precios ni hacía comentarios sobre el costo.
Tampoco presumía.
No tenía la actitud de algunos clientes adinerados que parecían necesitar demostrar que podían comprar cualquier cosa.
Era simplemente amable.
Antes de retirarse, Mariana preguntó:
—¿Desea café después de comer?
Arturo dudó.
—Quizá té.