De aquellos viajes había regresado con pequeñas costumbres que después se volvieron parte de la familia.
Nunca entregaba algo importante con una sola mano.
Agradecía inclinando ligeramente la cabeza.
Y antes de morir había enseñado a Mariana algunas palabras sencillas en japonés.
Ella no hablaba el idioma.
Apenas recordaba expresiones básicas.
Pero cuando vio el rostro de Arturo y ciertos rasgos familiares de su ascendencia japonesa, decidió intentarlo.
Se acercó a la mesa.
—Buenas tardes, señor.
Arturo levantó la mirada.
Mariana sonrió.
Después inclinó ligeramente la cabeza.
—Konnichiwa.
El cambio en el rostro del anciano fue inmediato.
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
Por primera vez desde que había entrado al restaurante, pareció realmente emocionado.
Mariana sintió vergüenza.
—Es casi todo lo que sé —admitió—. Mi padre trabajó algunos años con técnicos japoneses y me enseñó unas cuantas palabras.