Nadie quiso ayudarme cuando quedé sola con cuatro hijos, así que aprendí a aprovechar hasta los muebles abandonados. Un día llevé a casa un armario antiguo cerrado con llave. “Si hay algo raro dentro, lo tiramos”, dijo mi hijo. Yo asentí y esperé varias semanas para abrirlo; lo que encontré parecía una escena criminal… pero una carta y unas muñecas de valor incalculable revelaban otra historia.

La entrevista se volvió viral.

Y, como era inevitable, doña Beatriz reapareció.

Esta vez llegó al taller.

Habían pasado casi tres años desde la muerte de Tomás.

Mariana estaba terminando una muñeca cuando escuchó la voz de su suegra.

—Veo que te está yendo bastante bien.

Mariana levantó la mirada.

Beatriz llevaba ropa elegante y un bolso nuevo, pero parecía más vieja.

—¿Necesita algo?

—Qué manera de recibir a la madre de tu marido.

—Mi marido murió. Y usted dejó muy claro que después de su muerte ya no me consideraba familia.

Beatriz miró alrededor.

En una repisa había fotografías de exposiciones.

En otra, diplomas.

Sobre una mesa descansaban varias piezas encargadas.

—Vine porque estoy teniendo problemas.

Mariana dejó el pincel.

Por primera vez, su suegra parecía incómoda.

La casa donde Mariana había vivido con Tomás necesitaba reparaciones importantes. Beatriz había pedido préstamos, había acumulado deudas y ahora corría el riesgo de perderla.

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