—Necesito dinero —admitió.
Mariana permaneció en silencio.
—No te estoy pidiendo que me regales nada. Puedes prestármelo.
—¿Cuánto?
Cuando Beatriz dijo la cantidad, Mariana sintió una presión en el pecho.
Era mucho.
Pero podía pagarlo.
Años atrás habría entregado hasta el último peso para conseguir la aprobación de aquella mujer.
Ahora era diferente.
—No.
Beatriz abrió los ojos.
—¿Qué dijiste?
—Que no.
—¡Esa casa también fue de Tomás!
—No. Usted se encargó de recordarme muchas veces que era suya.
—¡Pero ahí vivieron mis nietos!
Mariana la miró fijamente.
—Hasta que usted los sacó.
Beatriz palideció.
—Estaba destrozada. Mi hijo acababa de morir.
—Yo también acababa de perder a mi esposo.
—¡Era mi único hijo!
—Y era el padre de cuatro niños.
La voz de Mariana tembló por primera vez.
—¿Sabe qué fue lo peor de aquella noche? No fue irme. No fue perder muebles ni dormir en un cuarto. Fue ver a Diego cargando las bolsas porque intentaba convertirse en el hombre de la familia a los dieciséis años. Fue escuchar a Mateo preguntarme si su abuela también había dejado de quererlo porque su papá había muerto.