Beatriz bajó la mirada.
—Yo no sabía eso.
—Nunca preguntó.
Un largo silencio llenó el taller.
Entonces Beatriz vio una muñeca colocada detrás de Mariana.
Era un hombre joven con camisa clara.
No era idéntico a Tomás.
Pero tenía su sonrisa.
—¿Ese es…?
Mariana asintió.
—Lo hice para mis hijos.
Beatriz se acercó lentamente.
Tocó apenas la manga.
Y comenzó a llorar.
No fue un llanto elegante.
Se cubrió la boca y se encogió como si todos aquellos años de enojo acabaran de caerle encima.
—Yo lo culpaba todo el tiempo —dijo—. A ti, al trabajo, al coche, a Dios… a todos. Si aceptaba que fue un accidente, significaba aceptar que mi hijo podía desaparecer sin que nadie tuviera la culpa.
Mariana no dijo nada.
—Echarte fue horrible.
—Sí.
—Pensé que si ustedes se iban… yo dejaría de ver sus cosas por todas partes.