PARTE 1
—No han pasado ni cuarenta días desde que enterramos a mi hijo y ya quiero que tú y tus cuatro hijos se larguen de mi casa.
Mariana sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
Frente a ella, doña Beatriz sostenía las llaves de la casa con una mano y con la otra señalaba la puerta. Tomás, el esposo de Mariana, había muerto apenas cinco semanas antes en un accidente automovilístico cuando regresaba de trabajar. Desde entonces, Mariana dormía poco, comía por obligación y trataba de mantenerse entera por Diego, Valeria y los gemelos, Renata y Mateo.
Nunca imaginó que todavía faltaba otro golpe.
—¿A dónde quiere que vayamos a estas horas? —preguntó, mirando a sus hijos—. Son sus nietos.
—Ya me cansé de mantenerlos. Mi hijo se murió por trabajar como burro para ustedes. Tú le exprimiste la vida.
Diego, de dieciséis años, apretó los puños.
—Abuela, mi papá nos quería.
—¡Tú no te metas!
Mariana agarró a su hijo del brazo antes de que contestara.
Aquella misma noche metieron ropa, documentos y algunas fotografías en bolsas negras. Doña Beatriz ni siquiera permitió que se llevaran una cómoda que Tomás había comprado después de casarse.
Mariana no discutió.
Tenía demasiado dolor para desperdiciarlo gritando.
Durante un mes rentaron un cuarto en las afueras de Puebla. Los cinco dormían prácticamente amontonados. Mariana había recibido el seguro de vida que Tomás contrató años atrás. No era una fortuna, y su suegra había intentado convencerla de entregárselo “para administrarlo”, pero Mariana se negó.
Con casi todo ese dinero compró un departamento diminuto y viejo en Huejotzingo. Tenía humedad en una pared, una cocina que parecía pasillo y apenas dos habitaciones.
Pero tenía algo que para Mariana valía más que cualquier lujo.
La escritura estaba a su nombre.
—Tal vez no sea bonito —les dijo a sus hijos la primera noche, sentados alrededor de una mesa de plástico—, pero nadie podrá volver a echarnos de aquí.
A partir de entonces, todos colaboraron.
Diego aprendió a cocinar arroz, frijoles y huevos sin quemar la cocina. Valeria se encargaba de la ropa. Los gemelos barrían, lavaban platos y acomodaban lo que podían.
Mariana consiguió trabajo como auxiliar en un vivero de plantas ornamentales. El sueldo era modesto, pero tenía horarios estables y quedaba relativamente cerca.