Nadie quiso ayudarme cuando quedé sola con cuatro hijos, así que aprendí a aprovechar hasta los muebles abandonados. Un día llevé a casa un armario antiguo cerrado con llave. “Si hay algo raro dentro, lo tiramos”, dijo mi hijo. Yo asentí y esperé varias semanas para abrirlo; lo que encontré parecía una escena criminal… pero una carta y unas muñecas de valor incalculable revelaban otra historia.

Le gustaba trabajar con plantas. Mientras podaba bugambilias o trasplantaba jacarandas pequeñas, sentía que había cosas capaces de sobrevivir incluso después de ser arrancadas de raíz.

Su jefe pronto notó su disciplina.

—Mariana, usted trabaja como si el vivero fuera suyo.

—Cuando uno tiene cuatro hijos esperando la cena, aprende a no desperdiciar el tiempo.

Poco a poco la vida empezó a estabilizarse.

Los domingos, Mariana se permitía recuperar una vieja afición: restaurar muebles. No tenía dinero para comprar piezas, así que recogía sillas, cajones o mesas abandonadas y trataba de devolverles la vida.

Una tarde, regresando del vivero, vio algo junto a unos contenedores.

Era un enorme armario antiguo.

Tenía madera oscura, molduras talladas y unas puertas decoradas con figuras casi borradas por los años.

Mariana se quedó contemplándolo.

—Quien haya tirado esto está loco.

Llamó a Diego y a un vecino, don Chucho, quien por doscientos pesos aceptó ayudarles a moverlo en una carretilla hasta el pequeño patio techado del departamento.

El armario era pesado como una caja fuerte.

Y estaba cerrado.

Mariana buscó una llave entre los cajones, debajo del mueble y hasta dentro de una grieta lateral.

Nada.

Pasaron varias semanas.

Entre el trabajo, los niños y las cuentas, no volvió a tocarlo hasta diciembre.

Un sábado tomó un desarmador, un martillo pequeño y decidió revisar el mecanismo de la cerradura.

—A ver qué escondes —murmuró.

Forzó con cuidado la madera.

Una pieza cedió.

Se escuchó un crujido.

La puerta se abrió lentamente.

Mariana miró hacia el interior y soltó el desarmador.

Retrocedió hasta golpearse contra la pared.

Dentro del armario había varios cuerpos humanos, inmóviles, vestidos con ropa antigua y apretados unos contra otros.

Uno de ellos tenía los ojos abiertos.

Y parecía estar mirándola directamente.

Mariana quiso gritar, pero la voz no le salió.

Apenas consiguió susurrar:

—Dios mío… ¿qué traje a mi casa?

Y todavía no podía imaginar lo que aquel armario estaba a punto de revelar.

PARTE 2

Mariana tardó varios segundos en atreverse a mirar de nuevo.

El corazón le golpeaba tan fuerte que podía escucharlo.

Pensó en llamar a la policía.

Pensó en sacar a sus hijos del departamento.

Pensó incluso en cerrar el armario y fingir que nunca lo había abierto.

Pero algo no encajaba.

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