Su primera muñeca importante fue una mujer de aproximadamente cuarenta años, sentada junto a una ventana.
Vestía un suéter sencillo y sostenía entre las manos cuatro pequeñas flores.
Rafael la observó durante largo rato.
—¿Quién es?
—Nadie.
—No mientas.
Mariana sonrió.
—Soy yo… pero también podría ser cualquier mujer que haya tenido que empezar otra vez.
Rafael consiguió que la pieza entrara en una exposición colectiva.
Un coleccionista de Ciudad de México la compró.
Cuando Mariana vio la cantidad depositada en su cuenta, creyó que había un error.
Era más de lo que ganaba en varios meses en el vivero.
No renunció.
Al menos no inmediatamente.
Durante un año siguió trabajando entre plantas durante el día y muñecas durante la noche.
Los hijos colaboraban.
Valeria elegía telas.
Diego construía pequeñas bases de madera.
Renata inventaba nombres.
Mateo tomaba fotografías.
La mesa del comedor terminó cubierta de pinceles, hilos, bocetos y herramientas.
—Mamá —bromeaba Diego—, ya no sé si vivimos en una casa o en un taller clandestino.
—Mientras no encuentres otros “cadáveres” dentro de un armario, vamos bien.
Todos reían.
Hacía mucho tiempo que no reían así.
Mariana comenzó a recibir encargos.
Una maestra quería una muñeca inspirada en su abuela.
Una familia de Veracruz pidió una pieza basada en una fotografía de 1948.
Un coleccionista de Guadalajara solicitó una mujer vestida como en los años veinte.
Mariana no copiaba simplemente rostros.
Preguntaba por las personas.
¿Qué les gustaba?
¿Cómo hablaban?
¿Qué objeto llevaban siempre?
¿Qué recuerdo despertaban?
Eso convirtió sus muñecas en algo diferente.
Cada una parecía guardar un secreto.
Dos años después pudo dejar el vivero y rentar un pequeño local.
Lo llamó La Segunda Vida.
Porque eso era exactamente lo que sentía que había recibido.
Una segunda vida.
Cuando un canal regional preparó un reportaje sobre ella, el periodista le preguntó:
—¿Cuál fue el momento en que usted supo que su vida había cambiado?
Mariana sonrió.
—Cuando abrí un armario viejo y pensé que estaba lleno de muertos.
El periodista se quedó desconcertado.
Ella se rio.
Después contó la historia.
La entrevista se volvió viral.
Y, como era inevitable, doña Beatriz reapareció.
Esta vez llegó al taller.
Habían pasado casi tres años desde la muerte de Tomás.