El corazón le golpeaba tan fuerte que podía escucharlo.
Pensó en llamar a la policía.
Pensó en sacar a sus hijos del departamento.
Pensó incluso en cerrar el armario y fingir que nunca lo había abierto.
Pero algo no encajaba.
No había olor.
Ni manchas.
Ni señales de descomposición.
Mariana se acercó lentamente y tocó la mano de la figura más próxima.
Estaba fría.
Pero no era piel.
—¿Mamá? —gritó Mateo desde la puerta—. ¿Qué encontraste?
—¡No entren!
Demasiado tarde.
Diego apareció detrás de él y observó el interior.
—Mamá… esos no son muertos.
Sacó una de las figuras con cuidado.
Era una muñeca de tamaño natural.
El rostro estaba trabajado con tal perfección que podían distinguirse pequeñas líneas alrededor de los ojos, pestañas colocadas una por una y hasta diminutas venas pintadas en las manos.