Nadie quiso ayudarme cuando quedé sola con cuatro hijos, así que aprendí a aprovechar hasta los muebles abandonados. Un día llevé a casa un armario antiguo cerrado con llave. “Si hay algo raro dentro, lo tiramos”, dijo mi hijo. Yo asentí y esperé varias semanas para abrirlo; lo que encontré parecía una escena criminal… pero una carta y unas muñecas de valor incalculable revelaban otra historia.

Después encontraron más.

Muñecas vestidas como mujeres del Porfiriato, un anciano con traje oscuro, una niña con vestido bordado, personajes indígenas y varios títeres guardados dentro de cajas.

Renata quedó fascinada.

—¡Podemos hacer teatro!

—No sabemos de quién son —respondió Mariana—. Nadie toca nada hasta averiguarlo.

Aquella noche comenzó a investigar.

Fotografió discretamente algunas piezas y buscó información en internet. Después de horas encontró una coincidencia.

Un artesano poblano llamado Rafael Montenegro había creado durante décadas muñecas de autor que aparecían en exposiciones privadas, museos regionales y colecciones internacionales.

Mariana encontró su página.

Le escribió sin mencionar de inmediato el armario.

“Buenas noches, maestro. He visto algunas de sus obras y quisiera preguntarle algo sobre una colección antigua.”

La respuesta llegó esa misma noche.

Rafael tenía setenta años.

Después de intercambiar varios mensajes, comenzó a contarle una historia extraña.

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