Que mi hija Laura había llamado deprisa, como siempre.
Que el ascensor volvía a hacer ese ruido raro.
Que yo había comprado dos camas nuevas y ellos, como era de esperar, preferían una caja de cartón.
Nube parpadeaba despacio.
Sol escuchaba desde detrás de él.
Una tarde, casi dos semanas después de adoptar a Sol, ocurrió algo pequeño.
Tan pequeño que otra persona quizá ni lo habría notado.
Yo estaba doblando ropa en el salón.
Nube dormía encima de una manta.
Sol estaba a su lado, despierto, con la cabeza apoyada sobre sus patas.
De pronto, se levantó.
Caminó hacia mí despacio.
No llegó a tocarme.
Se quedó a medio metro.
Me miró.
Luego miró mi mano.
Yo aguanté la respiración.
No quise moverme.
Sol dio un paso más y olió mis dedos.
Fue apenas un segundo.