Once días frente a una puerta para enseñarme qué significaba un hogar

Que mi hija Laura había llamado deprisa, como siempre.

Que el ascensor volvía a hacer ese ruido raro.

Que yo había comprado dos camas nuevas y ellos, como era de esperar, preferían una caja de cartón.

Nube parpadeaba despacio.

Sol escuchaba desde detrás de él.

Una tarde, casi dos semanas después de adoptar a Sol, ocurrió algo pequeño.

Tan pequeño que otra persona quizá ni lo habría notado.

Yo estaba doblando ropa en el salón.

Nube dormía encima de una manta.

Sol estaba a su lado, despierto, con la cabeza apoyada sobre sus patas.

De pronto, se levantó.

Caminó hacia mí despacio.

No llegó a tocarme.

Se quedó a medio metro.

Me miró.

Luego miró mi mano.

Yo aguanté la respiración.

No quise moverme.

Sol dio un paso más y olió mis dedos.

Fue apenas un segundo.

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