Once días frente a una puerta para enseñarme qué significaba un hogar

Después volvió corriendo junto a Nube, como si hubiera hecho algo enorme y necesitara descansar.

Y para él quizá lo era.

Me quedé allí, con una camiseta a medio doblar entre las manos, llorando como una tonta.

No por tristeza.

Por agradecimiento.

A cierta edad, una aprende a no esperar grandes milagros.

Pero a veces un milagro es un gato naranja oliéndote los dedos por primera vez.

Esa misma semana recibí una llamada del refugio.

Al ver el número, pensé que quizá faltaba algún papel o alguna vacuna pendiente.

Pero era Marta, una de las cuidadoras.

Tenía una voz cálida, un poco cansada, de esas personas que han visto demasiados animales llegar rotos y aun así siguen hablando con dulzura.

Me preguntó cómo estaban Nube y Sol.

Le conté que dormían juntos, que Nube ya comía bien, que Sol empezaba a acercarse.

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