Once días frente a una puerta para enseñarme qué significaba un hogar

Al otro lado del teléfono se quedó callada unos segundos.

Luego dijo:

—No sabe cuánto me alegro.

Yo sonreí.

—Creo que fui muy torpe al separarlos.

—No fue mala intención —respondió ella—. Le pasa a mucha gente. Ven dos gatos y piensan en el doble de gasto. No ven que a veces separarlos cuesta mucho más.

Aquella frase se me quedó dentro.

Después me preguntó si podía enviar alguna foto.

No para presumir.

No para nada oficial.

Solo para enseñársela a las voluntarias que los habían cuidado.

Colgué el teléfono y miré hacia el sofá.

Nube estaba lavando la oreja de Sol con una paciencia casi maternal.

Sol tenía los ojos cerrados.

Parecía más pequeño que nunca, pero ya no parecía perdido.

Les hice una foto.

Salió borrosa.

Mi móvil no era gran cosa y ellos se movieron justo cuando apreté el botón.

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