Podía explicar, con palabras sencillas, lo que Nube me había explicado mirando una puerta durante once días.
Marta aceptó enseguida.
Así empecé.
Una vez por semana iba al refugio.
Me sentaba en una silla de plástico, con una libreta en el bolso.
Observaba.
Preguntaba sus nombres.
Sus costumbres.
Quién comía primero.
Quién se escondía detrás de quién.
Quién se calmaba solo cuando el otro estaba cerca.
No escribía grandes frases.
Solo la verdad.
“Duermen siempre con las patas tocándose.”
“Si uno tiene miedo, el otro se pone delante.”
“Han perdido mucho, pero no se han perdido entre ellos.”
La primera publicación fue sobre las dos gatas mayores.
No esperaba nada.
Pero a los tres días, una mujer de Laguna de Duero llamó al refugio.
Había perdido a su marido hacía un año.