Dijo que su casa estaba demasiado callada.
Dijo que no le importaba que fueran dos.
Dijo una frase que Marta me repitió luego por teléfono:
—A estas alturas, yo también entiendo lo que significa necesitar compañía.
Las adoptó juntas.
Cuando Marta me mandó la foto de las dos gatas dormidas en una alfombra nueva, me senté en la cocina y lloré otra vez.
Nube se subió a una silla.
Sol se quedó abajo, mirándome con preocupación.
—No pasa nada —les dije—. Esta vez son lágrimas buenas.
No sé si me creyeron.
Pero Nube bajó de la silla y se restregó contra mi pierna.
Sol lo imitó.
Como siempre.
Con el tiempo, otras parejas encontraron casa.
No todas.
No tan rápido.
La vida no se arregla como en los cuentos.
A veces hay que esperar.
A veces alguien llama y luego no vuelve a llamar.