A veces una familia quiere ayudar, pero no puede.
Y eso también hay que respetarlo.
Pero algunas puertas sí se abrieron.
Un gato ciego y una gata que lo guiaba por el refugio.
Dos hermanos negros que nadie elegía porque decían que “se veían tristes”.
Un perro mayor y una perrita pequeña que se habían conocido allí y dormían siempre nariz con nariz.
Cada vez que una pareja se iba junta, yo volvía a casa y les contaba la noticia a Nube y Sol.
Ellos no parecían impresionados.
Nube se lavaba una pata.
Sol bostezaba.
Pero yo seguía contándoselo.
Porque, en cierto modo, todo había empezado por ellos.
Una tarde de invierno, casi un año después de aquel día once, pasó algo que todavía recuerdo con una claridad extraña.
Había llovido por la mañana.