El patio olía a ropa húmeda y tierra de maceta.
Yo estaba leyendo en el sofá con una manta sobre las piernas.
Nube dormía a mi izquierda.
Sol a mi derecha.
Ya no necesitaban estar uno encima del otro todo el tiempo.
Seguían juntos, sí.
Pero ahora también podían separarse unos pasos sin miedo.
Eso me parecía una forma preciosa de sanar.
No olvidarse.
No dejar de querer.
Solo aprender que el otro sigue ahí aunque no lo estés tocando cada segundo.
De pronto, Sol se levantó.
Caminó sobre mis piernas con esa torpeza suave que tenía.
Se acomodó en mi regazo.
Entero.
Sin Nube delante.
Sin mirar hacia atrás.
Sin pedir permiso al miedo.
Me quedé inmóvil.
Sentí su peso pequeño sobre mí.
Su calor.
Su respiración lenta.
Nube abrió un ojo desde el cojín.