Nos miró.
Luego volvió a dormir.
Como si dijera:
“Ya está. Ya puede.”
Sol apoyó la cabeza en mi brazo.
Y yo entendí que por fin me había dejado entrar.
No para ocupar el lugar de Nube.
Eso nunca.
Sino para hacer sitio a otro cariño.
A veces creemos que el amor nuevo sustituye al anterior.
Pero los animales saben algo que nosotros olvidamos.
El amor no siempre reemplaza.
A veces se suma.
Aquella noche, antes de acostarme, miré la puerta de entrada.
La misma puerta que Nube había vigilado durante once días.
La alfombrilla seguía allí.
Un poco gastada.
Con algunos pelos blancos y negros pegados.
Pensé en la mujer que fui aquel primer día, convencida de que podía escoger una sola parte de una historia y dejar la otra atrás.
Pensé en Sol, al otro lado de una jaula.
Pensé en Nube, sentado frente a mi puerta, esperando con una paciencia que yo no merecía.