Y luego miré hacia el sofá.
Allí estaban los dos.
Nube boca arriba, con una pata en el aire.
Sol hecho una bolita contra su barriga.
Nada elegante.
Nada perfecto.
Solo hogar.
Desde entonces, cuando alguien me dice que quiere adoptar un animal, no le doy lecciones.
No me corresponde.
Cada casa sabe lo que puede sostener.
Cada bolsillo tiene sus límites.
Cada persona llega al refugio con su propia historia a cuestas.
Pero sí les digo algo.
Les digo:
“Mira bien. No solo al animal. Mira a quién busca con los ojos.”
Porque algunos animales no están solos aunque parezcan dos.
Algunos ya tienen una familia dentro de la jaula.
Y a veces, cuando adoptas esa familia entera, no estás duplicando una responsabilidad.
Estás evitando romper un corazón.
Hoy Nube y Sol siguen conmigo.
Nube ya tiene más confianza que dueño de casa.