Se tumba donde quiere, protesta si el plato no está a su gusto y mira a las visitas como si estuviera evaluando su carácter.
Sol sigue siendo más discreto.
Pero cada noche, cuando apago la luz del salón, viene a buscarme.
Primero roza a Nube.
Luego roza mi pierna.
Ese es su orden.
Y lo respeto.
Suben los dos a la cama cuando creen que ya estoy dormida.
Como si yo no notara ocho patitas caminando sobre la manta.
Nube se coloca cerca de mis pies.
Sol se pega a mi costado.
A veces, en mitad de la noche, despierto y los escucho respirar.
Dos respiraciones pequeñas.
Dos vidas que un día estuvieron a punto de quedar separadas por una decisión razonable.
Y entonces doy gracias.
No por haberlo hecho todo bien.
Porque no fue así.
Doy gracias por haber escuchado a tiempo.
Por haber mirado esa puerta.