Once días frente a una puerta para enseñarme qué significaba un hogar

Se tumba donde quiere, protesta si el plato no está a su gusto y mira a las visitas como si estuviera evaluando su carácter.

Sol sigue siendo más discreto.

Pero cada noche, cuando apago la luz del salón, viene a buscarme.

Primero roza a Nube.

Luego roza mi pierna.

Ese es su orden.

Y lo respeto.

Suben los dos a la cama cuando creen que ya estoy dormida.

Como si yo no notara ocho patitas caminando sobre la manta.

Nube se coloca cerca de mis pies.

Sol se pega a mi costado.

A veces, en mitad de la noche, despierto y los escucho respirar.

Dos respiraciones pequeñas.

Dos vidas que un día estuvieron a punto de quedar separadas por una decisión razonable.

Y entonces doy gracias.

No por haberlo hecho todo bien.

Porque no fue así.

Doy gracias por haber escuchado a tiempo.

Por haber mirado esa puerta.

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