Once días frente a una puerta para enseñarme qué significaba un hogar

Por haber entendido, aunque fuera tarde, que Nube no estaba rechazando mi casa.

Estaba pidiéndome que la hiciera completa.

Mi casa sigue siendo tranquila.

Sigue teniendo muebles viejos, una cocina estrecha y un sofá marrón que ya debería haber cambiado.

Pero ahora, cuando entro por la tarde, no siento que el silencio me reciba.

Siento que alguien me espera.

A veces son dos cabezas asomadas desde el pasillo.

A veces solo una, porque la otra sigue dormida.

Pero siempre hay vida.

Siempre hay calor.

Siempre hay un pequeño recordatorio de que ningún corazón debería tener que ser valiente solo.

Y si alguna vez vuelvo a dudar de eso, solo tengo que mirar a Nube y Sol.

Uno blanco y negro.

Otro naranja claro.

Dos gatos que llegaron a mi vida como una lección sencilla.

No todos los hogares tienen paredes.

Algunos tienen bigotes.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *