Nadie sabía si eran hermanos.
Pero en el refugio todos decían que estaban muy unidos.
Leí esa palabra y pensé que la entendía.
Unidos.
Sonaba bonito. Casi tierno.
Entonces Nube levantó la cabeza, caminó hasta los barrotes y apoyó la frente contra mis dedos.
En ese momento lo elegí.
Ojalá pudiera decir que adopté a los dos desde el principio.
Pero no fue así.
Me quedé allí haciendo esas cuentas que tanta gente hace hoy en día.
Dos gatos eran más comida. Más arena. Más visitas al veterinario. Más responsabilidad.
Yo vivía sola. No me faltaba para comer, pero tenía que mirar bien cada gasto.
Había ido por un gato.
Un compañero.
Una pequeña vida que hiciera mi casa menos vacía.
Así que adopté a Nube.
Cuando lo saqué de la sala dentro del transportín, Sol se puso de pie.