Once días frente a una puerta para enseñarme qué significaba un hogar

Acercó la cara a los barrotes e hizo un sonido muy suave.

No fue un maullido normal.

Fue más bien una pregunta.

Me dije que estaría bien.

Me dije que alguien lo adoptaría pronto.

Me dije cosas razonables, porque las cosas razonables son más fáciles de soportar que la culpa.

En casa, Nube salió despacio del transportín.

Cruzó el salón, olió un poco el sofá, miró hacia la ventana y luego fue directo a la puerta de entrada.

Se sentó en la alfombrilla.

Y allí se quedó.

El primer día pensé que estaba asustado.

El tercer día pensé que tal vez echaba de menos el refugio.

El séptimo empecé a preocuparme.

El décimo ya dormía mal, porque cada vez que me levantaba por la noche, allí estaba él.

Una figura pequeña, blanca y negra, en el recibidor.

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