Siempre mirando la puerta.
La mañana del día once lo encontré con una pata metida por debajo de la rendija.
Como si intentara tocar a alguien al otro lado.
Se me encogió el corazón.
Me senté en el suelo, a su lado.
—Ay, Nube —susurré—. Perdóname.
Él me miró un segundo con esos ojos tranquilos.
Luego volvió a mirar la puerta.
Eso me dolió más que si me hubiera arañado.
Llamé al refugio y pregunté si Sol seguía allí.
Seguía allí.
Veinte minutos después, Nube estaba otra vez dentro del transportín.
Esta vez no se resistió.
Entró solo, como si por fin supiera que yo había entendido algo que él llevaba días intentando decirme.
Durante todo el trayecto no hizo ningún ruido.
Pero cuando entramos en la calle del refugio, levantó la cabeza.
Antes de que yo aparcara, empezó a maullar.