Fue el primer sonido verdadero que le escuché desde que estaba en mi casa.
Dentro, la sala de los gatos parecía igual.
Pero Sol no.
Estaba acurrucado al fondo de la jaula. Más pequeño de lo que yo recordaba. Su cuenco seguía medio lleno. La manta estaba hecha un ovillo debajo de él.
Cuando Nube volvió a maullar, Sol levantó la cabeza de golpe.
Se puso de pie tan rápido que las patas le resbalaron.
Nube empujó la puerta del transportín con todo el cuerpo. Yo la abrí con las manos temblando.
Corrió directo a la jaula número nueve.
Sol fue hacia los barrotes.
Y entonces juntaron sus caras.
No hubo una escena enorme. No hubo gritos. No hubo saltos.
Solo dos gatos quietos, frente con frente, con los ojos cerrados.
Como si hubieran pasado once días aguantando la respiración.
Me tapé la boca y empecé a llorar.