Con mi madre.
Me levanté de golpe.
—Mi madre murió cuando yo tenía quince años.
El abogado deslizó una fotografía hacia mí.
Mi madre aparecía sosteniendo a dos bebés.
Uno era yo.
El otro tenía escrito detrás:
ABIGAIL.
—¿Abby es mi hermana?
—Los registros sugieren que podría serlo. Necesitamos confirmarlo con una prueba independiente.
Entonces comprendí por qué Gabriel había gritado al ver la fotografía.
Él ya conocía la conexión.
Y había mantenido a Abby cerca durante años.
No por amor.
Por
mi herencia.
Mi madre había dejado un fideicomiso familiar valorado actualmente en más de cuatrocientos millones de pesos.
Yo siempre había creído ser la única beneficiaria.
Pero existía una cláusula:
Si aparecía una segunda hija biológica, ambas recibirían partes iguales.
—Gabriel quería encontrarla —murmuré.
—La encontró hace cuatro años.
Exactamente cuando comenzaron las transferencias.
Pero había algo que no encajaba.
—Si Abby podía reclamar directamente su mitad, ¿por qué robarme?
Mi abogado abrió el último documento.
La cláusula completa decía que la segunda heredera solo recibiría derechos si ambas hermanas estaban vivas cuando se verificara formalmente su parentesco.
Sentí que se me helaban las manos.
Entonces recordó la puñalada.
Gabriel había recibido el ataque protegiendo a Abby.
—¿Quién intentó apuñalarla?
El abogado me sostuvo la mirada.
—Eso es precisamente lo que cambió todo.
Puso delante de mí una captura de seguridad.
El agresor no era un ladrón desconocido.
Era Roberto
