No demostraban por sí solos un robo de Robles.
Pero sí contradecían partes esenciales de la acusación contra Chema.
El juez suspendió el procedimiento para que la nueva evidencia fuera revisada correctamente.
Chema no salió de aquella sala declarado mágicamente inocente en cinco minutos.
La justicia real no funcionaba así.
Pero tampoco salió rumbo a prisión.
Y eso era suficiente para empezar.
Durante
las semanas siguientes, una auditoría más amplia encontró el mecanismo.
Una empresa proveedora había vendido suministros a la escuela con precios inflados.
Algunas entregas figuraban duplicadas.
Otras existían únicamente en papel.
Parte del material que sí llegaba era posteriormente registrado como retirado o perdido.
Las firmas atribuidas a Chema ayudaban a cerrar esos huecos.
¿Por qué él?
Porque era perfecto.
Viejo.
Pobre.
Jubilado.
Con acceso histórico al almacén.
Y, sobre todo, alguien a quien Robles creía incapaz de defenderse.