—Precisamente.
Todos miraban mi dinero.
Mi poder.
Mi herida.
Tú fuiste la única que miró los detalles.
Gabriel deslizó una carpeta hacia mí.
Dentro había documentos.
Mi historial.
Las facturas del hospital de mi madre.
Los préstamos.
Las deudas.
Sentí un escalofrío.
—No tiene que preocuparse.
Las pagaré.
Él negó lentamente.
—Ya están pagadas.
Levanté la vista.
—¿Qué?
—Esta mañana.
Todas.
Durante unos segundos fui incapaz de hablar.
Mi madre llevaba años luchando contra aquella deuda.
Ahora había desaparecido.
—¿Por qué?
Gabriel respondió con absoluta tranquilidad.
—Porque las personas que me salvan la vida no limpian mis pisos.
Aquella misma tarde descubrieron al verdadero responsable.
No era el doctor Cole.
Ni ninguno de los residentes.
Era un empleado del almacén quirúrgico.
Había recibido una enorme suma de dinero para cambiar las cajas antes de la operación.
Cuando lo interrogaron, confesó.