Daniel colgó y avanzó hacia mí.
—¿Qué demonios has hecho?
Retrocedí un paso, quedándome junto al mostrador de enfermería.
—Pedir que dejaras de usar mi dinero para amenazarme.
Él soltó una risa breve.
Luego miró mi teléfono.
Ya no se reía.
—¿Tu dinero?
—El capital que rescató tu empresa hace seis años vino del Fondo Montgomery.
Vi cómo reconocía el nombre.
Lo había pronunciado muchas veces durante nuestras cenas, siempre con reverencia. Su inversor principal. Su respaldo. La razón por la que los bancos todavía atendían sus llamadas.
Nunca había preguntado por qué aquel fondo compartía el apellido de mi madre.
—Charles Montgomery administra el patrimonio de mi abuelo —continué—. Desde que cumplí veinticinco años, yo soy su beneficiaria y accionista mayoritaria del grupo que compró tus deudas.
Daniel me observó como si buscara alguna grieta en mi rostro.