Nora pensó unos segundos.
—Entonces ¿puedo colorear?
—Esa es una excelente ocupación para alguien de tres años.
Meses después, Rosa volvió a trabajar cuando estuvo recuperada.
Por decisión propia.
Con condiciones claras.
Yo también cambié.
Empecé a caminar por la propiedad sin anunciarme.
No para vigilar.
Para escuchar.
Aprendí nombres que debería haber conocido años atrás.
Descubrí quién tenía hijos.
Quién estudiaba por las noches.
Quién llevaba diez años trabajando conmigo sin haber hablado conmigo más de dos minutos.
Durante mucho tiempo pensé que ser un buen empleador consistía en pagar puntualmente y contratar administradores competentes.
Nora me enseñó que delegar una responsabilidad no significa dejar de ser responsable de lo que ocurre bajo tu nombre.
Un año después encontré en mi escritorio una caja.
Dentro estaba aquella camisa.
La misma de la mancha azul.