Miré a Nora.
—Lo hago porque nunca debió hacer falta que una niña terminara con las manos heladas para que yo descubriera cómo funcionaba mi propia casa.
Una semana después encontré a Nora en el jardín.
Estaba pintando.
Cuando me vio, escondió inmediatamente el dibujo.
—¿Qué tienes ahí?
—Nada.
—Eso parece sospechoso.
Se rio.
Finalmente me mostró el papel.
Había dibujado una casa gigantesca.
Una mujer.
Una niña.
Y un hombre absurdamente alto.
—¿Ese soy yo?
Asintió.
—¿Por qué tengo brazos tan largos?
—Porque alcanzas todo.
Me reí.
Después vi que llevaba guantes pequeños.
—¿Tus manos están mejor?
Me las mostró.
—Sí.
—Perfecto.
Se quedó seria.
—Señor Luca…
—¿Sí?
—Mamá no va a perder nuestra casa, ¿verdad?
Me agaché.
—Tu mamá tiene derechos y acuerdos que los adultos vamos a dejar claros por escrito. Nadie volverá a utilizar tu miedo para obligarte a trabajar.