Horario definido.
Prestaciones.
Formación.
Y un supervisor que no podía amenazarla con borrar su siguiente turno.
Un año después, Alejandro regresó al ático a las tres de la madrugada.
Había vuelto de Barcelona otra vez.
Entró en su habitación.
La cama estaba perfectamente hecha.
Sobre la mesa había una tarjeta del personal de mantenimiento:
“Señor Medina: inspección terminada. Todo en orden.”
Alejandro sonrió.
A la mañana siguiente encontró a Julia en el vestíbulo.
Llevaba zapatos nuevos.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Cuántas horas trabajaste ayer?
Ella levantó una ceja.
—Ocho.
—¿Seguro?
—Siete horas y cincuenta y dos minutos.
Ambos se rieron.
Alejandro siguió caminando, pero Julia lo llamó.
—Señor Medina.
Se volvió.
—Gracias por dejarme dormir aquella noche.
Él negó.
—No deberías tener que agradecerle a nadie por no castigarte cuando tu cuerpo ya no podía más.