Sergio y Mónica se retiraron a la habitación que ocupaban desde hacía meses. Sus hijos se encerraron en sus cuartos, ajenos a la gravedad de lo que ocurría.
Yo preparé una cena sencilla con Pilar.
Mientras cortábamos verduras, ella permaneció en silencio durante un largo rato.
—¿Te acuerdas de la primera Navidad que pasaste aquí? —preguntó de pronto.
Sonreí.
—Claro. Quemaste el asado.
Pilar soltó una pequeña carcajada.
—Y tu padre insistió en que estaba buenísimo.
—Me comí tres platos porque tenía miedo de que pensarais que no me gustaba vuestra comida.
Ella dejó el cuchillo sobre la tabla.
—Eras tan pequeño, Álvaro. Siempre intentabas portarte bien para que nadie se arrepintiera de haberte acogido.Sentí que se me humedecían los ojos.
—Pensaba que, si daba problemas, me enviarían a otro sitio.
Pilar me acarició la mejilla.
—Nosotros nunca quisimos que te ganaras tu lugar. Ya lo tenías.