—Noah… princesa… —susurró Daniel, extendiendo dos manos callosas y temblorosas que no se atrevían a tocarlos sin permiso—. Su mamá nunca les mintió. Y yo jamás, ni por un solo segundo de mi vida, hubiera querido estar lejos de ustedes. Si hubiera sabido que estaban en este mundo, habría cruzado océanos a nado y derribado montañas enteras solo para poder cargarlos una vez.Noah, con la madurez y la sensibilidad que había aprendido de verme trabajar día y noche para sacarlos adelante, dio un paso tímido hacia adelante. Miró el rostro empapado en llanto del hombre de las medallas y extendió su pequeña mano para rozar una cicatriz en su mejilla.
—¿Entonces no nos odiabas, papá? —preguntó el niño con un hilo de voz.
Aquella palabra rompió la última barrera de contención del coronel. Daniel cubrió el rostro del pequeño con sus palmas, bajó la cabeza hasta apoyarla en el hombro del niño y rompió en un sollozo profundo y desgarrador, abrazando a su hijo con la fuerza de quien recupera el aliento después de haber estado ahogándose en la oscuridad.