PARTE 2: LA PREGUNTA QUE NADIE PUDO RESPONDER

Me acerqué despacio, puse una mano sobre la espalda de Daniel y dejé que mis propias lágrimas limpiaran ocho años de soledad, rencor y malentendidos forzados por el egoísmo ajeno.

La justicia militar se encargaría de juzgar a quienes utilizaron la mentira para destruir nuestra familia, pero en esa sala, sobre una alfombra donde un padre y sus hijos se abrazaban por primera vez, el tiempo detenido comenzó a correr de nuevo. Daniel no podía recuperar los ocho cumpleaños perdidos ni los primeros pasos de sus pequeños, pero en cada promesa que susurró entre lágrimas esa tarde quedó claro que ningún engaño volvería a interponerse entre él y la familia que el destino le había devuelto.

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