Sus ojos se humedecieron, pero su voz siguió firme.
—Él dijo que tú ya habías decidido irte.
Sentí un movimiento del bebé.
—¿Cuándo?
Vanessa apretó la ropa.
—Antes de que yo cambiara las cortinas.
La miré fijamente.
Ethan acababa de subir.
Se detuvo al escucharla.
—Vanessa.
Ella volteó.
—Me dijiste que Claire ya no quería ese cuarto.
—Cállate.
Fue la primera vez que lo escuché hablarle así.
Vanessa retrocedió.
Yo no.
—Así que ésa era la historia —dije.
Ethan me miró.
—No sabes de qué está hablando.
—Sí sé.
La amante no había entrado al cuarto creyendo que estaba desplazándome.
Había entrado creyendo que yo ya había renunciado a él.
Ethan nos había colocado en lados opuestos y había alimentado dos versiones distintas de la misma casa.
Pero todavía quedaba una pregunta.
¿Por qué necesitaba sacarme antes del nacimiento?
Mi teléfono vibró.
Los tres miramos hacia mi bolsillo.
Lo saqué.
No era un mensaje.
Era una alerta del sistema de seguridad.
Uno de los archivos descargados acababa de marcarse con la fecha de la noche en que Ethan rompió la lámpara.
Ethan alcanzó a ver la fecha.
Toda la sangre desapareció de su rostro.
—Claire.
Abrí el archivo.
Él dio un paso hacia mí.
Yo levanté la mano.
—Ni se te ocurra.
La grabación empezó a cargar.
Ethan miró la pantalla y luego la cámara sobre nuestras cabezas.
Vanessa dejó caer la ropa al piso.
—¿Qué pasó esa noche?
La barra llegó al cien por ciento.
Ethan tomó una decisión.
Corrió hacia el cuarto donde estaba el panel del sistema de seguridad.
Y yo, en vez de seguirlo, presioné una sola opción en mi teléfono.
“Conservar copia externa.”
La pantalla confirmó la orden justo cuando, desde el otro lado del pasillo, escuché a Ethan gritar mi nombre.