Mi suegra comenzó a sollozar.
—No puedo creer que hayas hecho esto mientras Mariana cuidaba a Renata.
Diego se volvió hacia ella.
—¡No empieces tú también!
Don
Ernesto se levantó.
—No vuelvas a levantarle la voz a tu madre.
Fue entonces cuando mostré el segundo documento.
—Hay algo más.
Diego cerró los ojos.
—Mariana, por favor.
Aquella súplica me confirmó que sabía exactamente qué venía después.
Coloqué sobre la mesa una solicitud de crédito.
Ciento cincuenta mil pesos.
A mi nombre.
Con mis datos personales.
Y una firma que se parecía a la mía.
Pero que yo jamás había escrito.
Mi padre se levantó inmediatamente.
—¿Solicitaste un préstamo usando el nombre de mi hija?
Diego comenzó a sudar.
—Solo era una solicitud preliminar.
—¿Por qué tiene su firma? —preguntó Ernesto.
—Yo iba a explicárselo.
Sentí que la rabia me quemaba la garganta.