—Le hice daño a Noah.
—Sí.
No intenté tranquilizarla.
—Y a ti.
—También.
—Pensé que protegía a mi hijo.
La miré.
—Yo también estoy protegiendo al mío. Por eso ya no voy a permitir que le enseñen que mentir por alguien es una forma de amor.
Eleanor aceptó límites.
Eso fue más útil que sus lágrimas.
Dos años después, Noah encontró aquella tableta en una caja.
—¿La tiramos? —preguntó.
Lo pensé.
—Tú decides.
La sostuvo unos segundos.
Después la dejó otra vez dentro.
—No quiero verla.
—Entonces no la veremos.
—Mamá…
—¿Sí?
—Yo sabía que lo que papá decía estaba mal.
—Lo sé.
—Pero tenía miedo.
Me senté a su lado.
—Ser valiente no significa no tener miedo.
Me miró.
—¿Entonces qué significa?
Sonreí.
—A veces significa decir: “Señoría, ¿puedo mostrarle algo?”
Noah sonrió.